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Sueño de una noche de otoño

Sueño de una noche de otoño

Me despierta una de estas canciones que tienen la mágica facultad de dibujar una sonrisa en tu cara. Me despego de la cálida cama acompañado de esa sonrisa y de una orgullosa legaña en el ojo. Miro el reloj y echo cuentas ¿es posible que haya dormido tanto? Busco el sol en el cielo, pero solo encuentro nubes… aunque bien pensado ¿sabes lo que te digo? que me da igual, que casi que las echaba de menos. Bien sabido es que los gallegos no podemos vivir sin nuestra mágica lluvia. Me vuelvo a dejar llevar por la música. Así, en esas nubes comienzan a tomar cuerpo los sueños que me acompañaron durante mi larga y estrellada noche.

Vuelo de nuevo a aquella mezquita sobre una colina de Skopje desde la que presencié uno de los atardeceres más bellos que mis ojos jamás hayan visto. Mientras los almuecines se turnaban en la llamada a la oración, un sol moribundo henchía de reflejos dorados las aguas del río Vardar. El aroma del té proveniente del barrio albanés invadía el aire casi otoñal en la capital macedonia… Todo se difumina, cual caprichoso resorte mi mente despega otra vez.

Aterrizo en un puente, es de noche. Esta vez el olor es de pescado fresco. Decenas de pescadores reunidos en torno a improvisados fuegos esperan pacientemente a que algún pez despistado muerda el anzuelo. Estoy en Estambul y acabo de dejar atrás el bullicio de la plaza Taksim con sus miles de bares y cafeterías. Ante mi brillan, como mágicamente suspendidas en el aire, Ayasofia y la Mezquita Azul ambas pugnando entre si por proclamarse como el templo más grandioso. Si giro mi cabeza hacia la izquierda me encuentro con un juego de luces de colores que, como todas las noches, ilumina el puente que une Europa con Asia. Aprieto el paso, el aire que el Bósforo trae es fresco, se hace tarde y aún tengo que llegar hasta el cuerno del oro. Camino y camino… pero a donde finalmente llego es a las estrechas calles del centro de Nicosia.

Un aroma a jazmín me da la bienvenida. Casitas radiantes de blancos colores representan el mejor ejemplo de arquitectura mediterránea. Debe haber oferta en la ferretería, pues me encuentro con un par de señores barnizando metódicamente puertas y ventanas. Los gatos toman perezosamente la sombra bajo un naranjo que empieza a dar sus frutos. Tuerzo una esquina y plas!! banderas griegas, sacos terreros, alambre de espino y una barraca con carteles de “warning” desde la que un par de soldados más jóvenes que yo me dicen que por allí no puedo pasar, que es zona de seguridad. Al final de la calle, a no más de 100 metros, ondea desafiante una bandera turca que parece señalar otro checkpoint. En el medio casas en ruinas y algún que otro casco azul despistado. Cago en la linea verde me digo, que ganas de marear la perdiz tienen estos chipriotas, ahora me tendré que patear media ciudad para poder pasar al otro lado. Bueno da igual, merece la pena, el bazar me está esperando…

¡Fran, el desayuno te está esperando! grita mi madre desde la cocina. Adiós bazar, puentes o mezquitas. vuelvo a estar en mi habitación con la mirada perdida entre las caprichosas nubes. ¿Fue un sueño? ¿Fue real?

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